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7 de Septiembre de 2011

"Me deprimí cuando no tuve para comer"

Andrea González, la mejor patinadora sudamericana de la historia, se retirará
en Yeosu, Corea del Sur, donde se desarrolla el Mundial; sin apoyo económico
y sumida en el olvido, igual cree en un futuro mejor 


El Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) es, además del lugar donde
se entrena, su casa, donde despierta y se acuesta cada día. Allí, hoy hay un lugar vacío.
Andrea González lo dejó para participar del Mundial de Yeosu, Corea del Sur, el último
de su carrera. A los 34 años, considerada por sus logros como la mejor patinadora
sudamericana de la historia, quedó un tanto olvidada por quienes no deberían. 

La menuda atleta de José C. Paz no se separa de ese bolso que ocupa toda la superficie
de su espalda. Dentro descansan los gloriosos patines, sus vitaminas y una manta. Con
todo bajo control, desanda las respuestas, repasa su historia. 

Cuando llegó al club de su barrio, Italiano, de la mano de su primer entrenador, Marcelo
Ponce, intentaron convencerla para que además de velocidad, también hiciera patinaje
artístico. "Eso de la pollerita no era para mí. Yo amo la adrenalina", dice la campeona
argentina. Todo en su vida fue vertiginoso; en poco más de cinco años pasó a integrar el
seleccionado nacional mayor, ese que está abandonando en Yeosu, 17 años después. 

"Ganá, o si no, no vale", le decía su padre, León, antes de cada competencia. "Lo importante
es competir" es una frase que a Andrea le quedaba chica y lo demostró en el Mundial de
Pamplona, España, en 1998. Allí consiguió tres medallas doradas, para callar las voces que
la denostaban. "Esta chiquita gana sólo en la Argentina; cuando sale, se pincha", decían. 

-Ese mismo año llegó el Olimpia de Oro, ¿qué sentiste al ganarlo?
 

-Estuve una hora dura, sin poder reaccionar. Cuando llegué al hotel, me lloré todo. Recordé
a mi mamá (Lorenza), que falleció hace dos años y se gastó trabajando para que yo pudiera
dedicarme de lleno a esto. Cada vez que ella me decía que no había plata para las inscripciones,
sentía que me arrancaban algo. 

Sus logros le permitieron ser la abanderada de la delegación nacional en los Panamericanos
de Winnipeg, Canadá, en 1999. Años después, en 2006, y a pesar de mantenerse entre las
mejores, González se encontró sin apoyo, sin dinero para alquilar una vivienda y con las
monedas contadas para alimentarse. A todo ello, se le sumó un extraño robo que la despojó
de todas sus medallas y del Olimpia de Oro. 

-¿Fue aquel el peor momento de tu carrera?
 

-Seguro. Volví a mi casa y me encontré con un tipo que temblaba más que yo. Me tapó los ojos
y llegó un segundo muchacho, que me amenazaba con no dejarme ir a competir a Europa. Es
decir, conocía perfectamente todos mis movimientos. "Te voy a pegar un tiro en la pierna y ya
no vas a poder patinar, me repetía". Para mí, no fueron ladrones comunes y corrientes, no
me cierra. 

-¿Creés que alguien te entregó?
 

-Sí. Porque, aparte, me sacaron cuatro ruedas de un juego completo que yo tenía. Con cuatro
ruedas no podían hacer nada, sólo perjudicarme. 

-Lo ves como un sabotaje?
 

Claro. Fue, más que nada, un daño psicológico. Después de esa amenaza, quedé con mucho
miedo. 

La carrera de Andrea González está llena de triunfos, pero el olvido que la desprotegió y la puso
a merced de algunos inconvenientes que no preveía, le provocó graves daños. 

"Me deprimí cuando no tuve para comer y aquello del robo me dejó en un pozo durante cuatro
años", confiesa. 

Andrea no puede continuar y las lágrimas le ganan la pulseada. Aquellos recuerdos la mortifican,
a pesar de que su tesón sea dorado. Se recupera, y continúa: "(Claudio) Morresi -secretario de
Deportes-, se enteró de eso y me dijo que venga a vivir al Cenard. Ahora tengo una alimentación
correcta y un lugar para vivir". 

Cuando el Mundial de Yeosu sea un recuerdo, cuando González abandone un estilo de vida que
la acompañó desde muy pequeña, el interrogante sobre su futuro asoma inmenso. Injusto para
alguien que le dio tanto al deporte nacional. 

"Luego de Corea, veremos, pero espero que alguien se acuerde de mí". 

Pocos meses después de las tres medallas doradas que consiguió en el Mundial de Pamplona,
en 1998, llegó su actuación más sorprendente. Un récord que, difícilmente, pueda ser igualado.
En los Juegos Odesur que se disputaron en Cuenca, Ecuador, González consiguió 14 medallas
doradas en las 14 competencias en las que participó, y casi sin darse cuenta. "Ni yo me lo
puedo explicar. Caí en lo que pasaba en la medalla Nº 11, cuando un periodista me refrescó
el dato." Ese año significó su despegue definitivo. A partir de allí ganó los Panamericanos de
Mar del Plata 1995, Winnipeg 1999 y Santo Domingo 2003. Además, se colgó 30 medallas
mundiales (11 de ellas, doradas).



Fuente: Cancha Llena

         

 

 

 
 
 

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