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15 de Enero de 2008

Como nosotros, pero distintos.

de Gonzalo Bonadeo

Michael Knight era, a septiembre de 2000, el australiano con mejores perspectivas
políticas del momento. Para él se había inventado el efímero Ministerio de Asuntos
Olímpicos y él, desde un par de años antes de la designación de Sydney para
organizar los juegos del milenio, se había encaramado en un nivel de popularidad
envidiado hasta por el más sano de los políticos de la región.


Michael Knight era, a septiembre de 2000, el australiano con mejores perspectivas políticas
del momento. Para él se había inventado el efímero Ministerio de Asuntos Olímpicos y él,
desde un par de años antes de la designación de Sydney para organizar los juegos del
milenio, se había encaramado en un nivel de popularidad envidiado hasta por el más sano
de los políticos de la región. Para una nación dueña de una cultura deportiva fuera de lo
normal, ser el artífice de la elección y, luego, de una maravillosa organización de un juego
olímpico significaba entrar en cada casa con un guiño a favor. Cuando hablo de cultura
deportiva, me refiero a la de un país que no sólo participó en todos los Juegos Olímpicos
modernos de verano, sino que ganó medallas en todas las ediciones menos en una. Y
Knight estaba decidido a sacar provecho de la situación.

Sin embargo, la vanidad le hizo trampa. El 1º de octubre fue la ceremonia de clausura y,
durante ella, tanto él como Sandy Holloway, presidente del SOCOG (Comité
Organizador de los Juegos Olímpicos de Sydney), recibieron de manos de Jacques Rogge,
presidente del COI, el nivel dorado de la Orden Olímpica, la máxima condecoración que
puede recibirse en ese ámbito. Holloway era un hombre tan popular como Knight, pero
con un perfil mucho más bajo y sin grandes ambiciones políticas: Knight era el político
de los Juegos; Holloway, el tipo querido por quienes realmente habían hecho los Juegos.

En la madrugada del 2 de octubre, el diario The Australian exhibió como título principal
la denuncia de que Knight había exigido al Comité Olímpico Internacional que la
condecoración de Holloway fuera la plateada y que sólo él recibiera públicamente la máxima
distinción. El COI no sólo se negó a ello, sino que hizo trascender el episodio. Fue el final de
la carrera política de Knight. El pueblo australiano no le perdonó semejante gesto de
miserabilidad.

Cuando uno está de vacaciones y se mete de lleno en ese estado de sana idiotez que trae
la distancia del trajín cotidiano, suele convertir naderías en cuestiones de Estado. Por eso,
nada me importó más que la historia de un golfista que, hace unos días, llegó de vuelta de
los primeros 18 hoyos de un torneo a 36 –para aficionados, incluidos algunos muy malos–
y pidió al starter que no lo volviera a emparejar con quien acababa de acompañarlo.
Según su versión, el fulano no paraba de declarar menos golpes que los que había
empleado. Por las dudas, al día siguiente, un par de hombres importantes del golf
pinamarense salieron a espiar a este señor. Y descubrieron que, efectivamente, declaraba
5 golpes en un hoyo de 7. Me dicen por acá que esto no es algo extraordinario. Por el
contrario, más allá de que el golf sigue teniendo una gran mayoría de exponentes de buena fe,
es bastante frecuente cruzarse con este tipo de chorros. Quizá no tan frecuente como el
hecho de que el tramposo sea, además, diputado de la Nación; tal el caso sucedido
en los secos pero entrañables links del Pinamar Golf. ¿Usted cree que la carrera política de
este diputado se frustraría a partir de que se lo descubriera haciendo trampa en una cancha
de golf? Al fin y al cabo, un tipo incapaz de asumir que es un mal golfista, ¿qué voto no
vendería al mejor postor en la Cámara?

Por cierto, no es mi intención la de caer en aquello tan cipayo de elogiar lo de afuera por
definición en desmedro de lo nuestro. Lo que sí necesito exponer es una de las diferencias
entre dos países demasiado parecidos. Supongo que usted ya lo habrá escuchado, pero le
aseguro que, tal mis experiencias en tierra y con ciudadanos y amigos australianos, ambas
sociedades tienen realmente muchos puntos de coincidencia. Lejos de insistir cruelmente
con aquello de que Australia es lo que la Argentina no se animó o no quiso, dejo en claro
que tenemos demasiadas cosas buenas en común.

Y en este verano tan difícil de sobrellevar, parte del atractivo marcado en rojo en el flaco
calendario deportivo de enero pasa por el Abierto de tenis de Australia. Un maravilloso
torneo más que centenario que, condenado a jugarse a fin de año –como cuando lo ganó
Vilas– o a comienzo de temporada –como desde hace más de 20 años–, es por definición
el Grand Slam amigable. Un torneo hecho para que el público, los periodistas y los
jugadores se sientan cómodos. Asumiendo su distancia respecto de casi todo el planeta
–aun más lejos que nosotros–, los australianos han disputado (y ganado) una feroz
batalla contra la indiferencia de los principales jugadores del mundo (durante gran parte de
la década del 70 y el comienzo de la del 80, la ausencia de algunas de las grandes
figuras fue moneda corriente) y contra los vaivenes de un tenis australiano que,
acostumbrado a la gloria inconmensurable de los 50 y los 60, ahora sólo brilla
espasmódicamente.

Por suerte, más allá de los problemas físicos de Cañas y la dudas sobre Nalbandian, la
legión argentina hace rato entendió que la temporada empieza en serio en Australia.
Ignorar que en Flinders Park se juegan tantos puntos como en Roland Garros fue algo
demasiado frecuente en nuestro medio. Situación generada más por una cuestión de
calendario que por las características del torneo. Muchos de nuestros jugadores usan
diciembre para facturar un buen plus a través de exhibiciones. A veces, eso altera la
pretemporada y, en la disyuntiva, o preparan mal el torneo o directamente no viajan. Lo
paradójico es que en Melbourne se usa una superficie perfectamente adaptable al juego
de la mayoría de nuestros tenistas. Creo que la de Australia es aún más favorable que la
del US Open.

Dentro de las próximas horas, sabremos si el primer Grand Slam del año es amigable
también para nuestros tenistas. Mientras tanto, sepan ustedes que el mejor tenis del mundo
se hace presente en un país mucho más cercano al nuestro que lo que indica el vuelo
transpolar.

Gonzalo Bonadeo

Fuente: Perfil

 

 

       

 

 

 
 
 

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