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22 de Junio de 2007
Cabrera y Ginóbili, para todos los tiempos.
Hay momentos del deporte argentino que se guardan para la historia, que se marcan en
el calendario y que resaltan cada vez que un nuevo hecho obliga a resumir lo mejor en
una cronología.
La década del 70, casi nadie lo duda, tiene el peso de la calidad y la cantidad. En ella
coincidieron grandes éxitos colectivos del fútbol y el nacimiento al estrellato de Maradona,
con los memorables triunfos de Vilas y de Monzón; las carreras de Reutemann, por la
huella que le había dejado el incomparable Juan Manuel Fangio, y el despegue
internacional de los Pumas con Hugo Porta al frente.
La temporada de 2002 se ganó su espacio porque, en aquel año, sobre la foto en blanco
y negro de un país sacudido por la crisis, resaltaba la imagen en colores de una suma de
logros en el plano deportivo que, al menos como una metáfora, invitaba a la esperanza:
imposible olvidar el salto de la generación dorada del básquetbol, el rugido de las Leonas,
el ejemplo del voleibol y hasta el dolor lleno de dignidad del fútbol.
Esta semana -como aquella década, como aquella temporada- ya está grabada en el
calendario. Con una diferencia de una cuantas horas, Emanuel Ginóbili y Angel Cabrera
conquistaron el deporte de los Estados Unidos, ese país tan egocéntrico que es capaz de
llamar "campeón del mundo" a quien o quienes ganan sus torneos más importantes. Hay
varios puntos en común entre los extraordinarios triunfos de aquel bahiense y de este
cordobés.
¿Coincidencias anecdóticas? En el penúltimo partido de la serie de playoffs, Ginóbili jugó
tan mal que recibió críticas hasta de su hermano, que llegó a decir que Manu, insólitamente
errático, "le tiraba a una bañadera y le pegaba siempre a la canilla" : convirtió sólo tres puntos
aquella noche, pero a la siguiente hizo 27 y fue el goleador del partido decisivo. En la
penúltima vuelta del US Open, Cabrera falló hasta recibir las críticas ásperas e impiadosas
de sus amigos, presentes en aquella cancha hostil: cerró la vuelta con 76 golpes, pero a la
siguiente hizo 69 y fue el único que bajó dos veces el par de la cancha.
¿Coincidencias que ponen las cosas en su lugar? Cabrera ganó soportando la presión del
número uno del mundo, Tiger Woods, y hasta terminó transfiriéndosela a él. Ginóbili ganó
soportando la presión de quien estaba llamado a ser el sucesor de Michael Jordan, LeBron
James, y hasta terminó transfiriéndosela a él.
¿Coincidencias históricas? Ginóbili ganó lo que ningún argentino había ganado antes y
Cabrera ganó lo que De Vicenzo había ganado hace cuarenta años, un Major. Esto es: ganaron
algo único, para todos los tiempos.
Por Daniel Arcucci
De la Redacción de LA NACION
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