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24 de Junio de 2008

Carta abierta de Juan Manuel Cano

 

El marchista, uno de los representantes argentinos en los Juegos
Olímpicos de Beijing 2008, se despachó con este mensaje para
todo el atletismo argentino
.



"Seguramente ya saben casi todos la alegría más grande que logré en mi vida
como atleta hasta el día de hoy, 15 de junio, en Chile. Sí, hablo de mi clasificación
a los Juegos Olímpicos, un momento que ya había vivido, pero volví a nacer porque
tuve que revalidar mi marca, y luchar y luchar contra todo, entrenando seis meses
con el alma, soñando poder hacer la marca mínima de nuevo, y bueno, logré el
objetivo.

En octubre de 2007 logré la marca mínima para Beijing 2008, con la que gané el
Campeonato Nacional con récord nacional. Fue una alegría enorme, por primera vez
sentí que tocaba el cielo con las manos.

Para un atleta llegar a los Juegos Olímpicos es sentir que ya tocó techo. En cuanto al
nivel de competencia, no hay nada más alto. Es el evento más importante a nivel
mundial, ya que uno debe prepararse durante un período de cuatro años para poder
estar. Algunos se entrenan toda la vida y aun así no tienen esa chance.

En enero de 2008 la Confederación Argentina de Atletismo me dio la noticia más
triste: me informó que tenía que revalidar la marca, porque cuando la Federación
Internacional de Atletismo (IAAF) envió el listado de atletas clasificados, anunció que
yo debía realizarla de nuevo, y en un evento internacional, debido al nivel de jueces
que hay en ese tipo de competencias.

Al comienzo dije: "¿por qué me pasa esto a mí, Dios?" Fue la primera expresión que
tuve, pero sabía que si la había alcanzado una vez, la podía hacer dos veces, y que
había que comenzar a trabajar de nuevo en busca del sueño olímpico. Una vez más
había que poner todo mi esfuerzo para poder cumplir mi primer deseo.

Volver a empezar

Comenzó el trabajo nuevamente con la mirada puesta a Beijing 2008, entrenando
todas las mañanas camino al Lago de Las Termas, soportando a veces el duro calor,
las lluvias, etcétera. Sabemos lo que es Santiago del Estero en verano. Los
entrenamientos debían ser a las seis de la mañana en plenas vacaciones. Y me tenía
que acostar temprano para luego poder estar recuperado, listo para trabajar al otro día.
Por las tardes me esperaba un duro trabajo en el gimnasio, para recién acabar con mi
día de entrenamiento. Así fueron las primeras semanas de entrenamiento.

Esta pretemporada fue una de las más largas, ya que llegar a unos Juegos requiere
de mucho trabajo y de todo tipo, por eso continuó el camino por Brasil. En esta etapa
se trabajó mucha fuerza, fueron 15 días de estar sumando kilómetros en la arena y
muchos trabajos de pliometría (un ejemplo clásico de ejercicio pliométrico es el salto de
profundidad, que consiste en saltar con fuerza del suelo a una superficie más elevada
y vuelta al suelo amortiguando la caída). Luego regrese a Las Termas para terminar una
de las primeras etapas de esta pretemporada.

En febrero partí a la ciudad de Cuenca, Ecuador, en busca de mi primera competencia
del año, pero por sobre todas las cosas para finalizar mi pretemporada con un trabajo
de altura que duró un mes, a 2.600 metros del nivel del mar.

Llegó la primera del año, la Copa Sudamericana. Sólo había que hacer el mejor trabajo
posible y sumar experiencia: finalice séptimo, logrando el primer objetivo, entrar entre
los 10 mejores de Sudamérica. Era imposible pensar en aquel momento en una marca
mínima ya que la pretemporada recién acababa y menos que menos a 2.600 metros de
altura.

Primer intento a Beijing 2008

La siguiente competencia era en Rusia, y nada menos que en la Copa Mundial. Sabía
que era una gran oportunidad para buscar la clasificación a Beijing, ya que venía de
realizar un campamento de 30 días en Ecuador.

Llegó mayo, partí a la ciudad italiana de Roma para luego ir directamente a Moscú, Rusia.
Fueron dos días muy desgastantes, muchas horas de vuelo y de espera en aeropuertos,
con una diferencia horaria de siete horas. Había hecho un gran trabajo, pero con mi
entrenador, Diego Calvo, sabíamos que las cosas podrían haber marchado mejor. En ese
lapso tuve unas molestias en la planta del pie derecho y necesité aflojar los
entrenamientos por temor a una fractura, que en este caso se nos presenta a veces
por estrés físico en la zona del impacto. A esto también se le sumaron diez días en
Buenos Aires con mucho humo.

En el CENARD, suspendieron la actividad física, por el alto grado de monóxido de carbono
que había en la ciudad, ya que perjudicaba la salud de los deportista. Una vez más se
presentaba otro obstáculo y las semanas de entrenamientos no acababan como uno las
había planificado, pero había que buscarle el lado positivo y esperar hasta que se pudiera
trabajar.

La cuenta regresiva

Estaba a un mes del Iberoamericano cuando regresé a Buenos Aires. El tiempo era muy
corto, había que realizar algunos ajustes y trabajar con mucho cuidado de no
sobrecargarme. Quizás esta era mi última chance para intentar la clasificación a los Juegos,
había que dejar el alma más que nunca y poner toda la concentración posible en cada
práctica para que fuera uno más bueno que el otro y así progresar, venciendo el sueño,
el frío, la lluvia, entrenando hasta en tres turnos. Cada día comenzaba a las 6.40. Era
la única manera de llegar al éxito, venciendo el cansancio, el dolor, con mucho sacrificio,
constancia y dedicación, poniendo todas mis energías solamente y nada más que en esto.

Mientras tanto, en Buenos Aires sólo se hablaba sobre si yo llegaba o no Beijing. En ese
tiempo tuve que soportar críticas de algunos medios y de mucha gente del entorno que
en lo único que piensa es saber si le va bien o mal al otro. En ese momento sólo me
encomendé a Dios y la Virgen y le di para adelante, a todo o nada, pensando en toda
la gente que me quiere y hace lo posible para que yo esté mejor cada día: mi familia,
mi entrenador, mis amigos, mi ciudad y mi Santiago querido, además de saber que
quizás era el único deportista que podía llegar a representarlos en estos Juegos
Olímpicos. Entonces me llené de energía positiva y puse el mayor de mis esfuerzos
para llegar de la mejor manera al Campeonato Iberoamericano de Iquique, en Chile.

Misión cumplida

Por segunda vez toque el cielo con las manos, marca mínima con medalla de plata y
ticket a Beijing 2008. "¡Wow, Dios mío, lo logré, gracias por el corazón y la sangre que
me diste y la fuerza psicológica que tendrían que tener todos los atletas para acabar
como finalicé en esa batalla de 50 vueltas en la pista!", fue lo primero que dije, tirado
en la pista, dolorido, con ampollas en el pie, desparramado entero.

Pero ahí estaba, ahí estaba, confié en mí y ahí estaba, tirado sonriendo, derramando
lagrimas, sabiendo que otra vez llegaba a la cima de la elite del atletismo. Y con sólo
20 años, siendo el más joven de la historia, y que podía darle a mi padre el mejor
regalo en ese día 15 de junio, un regalo que no se lo podría comprar ni con todo el
dinero del mundo, sólo con el corazón, la cabeza, el alma y la sangre de luchador que
me dieron ellos desde pequeño. Y eso se lo debo mucho a mi madre también, ya que
muchas veces se puso de pie en los momentos más duros de la vida.

Hubiera sido de cobarde saber que podía haber luchado más si no alcanzaba la marca.
Ya no tenía piernas, mi rostro se derrumbaba, mi cuerpo se venia abajo y quedaban
cuatro vueltas. Pero había que ser un guerrero y demostrarle a mucha gente que yo era
capaz y que sí se podía lograr la marca mínima otra vez, manteniendo siempre la fe y la
confianza en uno mismo. Eso era todo, miré mi reloj y marcaba 1 hora, 24 minutos,
19 segundos. "¡Sí Dios sí, a Beijing, a Beijing!", decía sin parar, arrastrándome del
cansancio sobre la pista. Una vez mas le sonrío a la vida que llevo, y disfruto día a día
de todas las cosas hermosas que me pasan a esta edad, sintiéndome totalmente un
privilegiado.

Esta es toda mi historia hasta el día de hoy, lo que viví durante todo este tiempo en un
largo camino a Beijing 2008".

La carta completa en www.deportes.gov.ar

Fuente: Patría Olímpica

 

       

 

 

 
 
 

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