| |
|
20 de Agosto de 2009
¿Qué estamos viendo cuando vemos deporte?
Por Claudio Cerviño
En su reciente visita a LA NACION, con ese sentido reflexivo agudo que no lo
abandona, Manu Ginóbili trazaba un diagnóstico sobre el argentino. La conclusión
rondaba sobre los extremismos en que nos movemos, en el pecado que
constituye no considerar que también existen los grises, ese punto intermedio
donde habita el equilibrio, sin cabida para el desbande emocional.
Suele, el ser humano, no tener términos medios: o sospechamos de casi todo...o
nos creemos hasta lo increíble. Lo que se ajusta al concepto vertido por uno de
los íconos de nuestro deporte de todos los tiempos.
Para medir más justamente la concepción, esa falta de grises, podemos tomar
los recientes mundiales (uno de ellos en desarrollo) de las actividades madres
del olimpismo: la natación y el atletismo. Bastó que Usain Bolt confirmara su
condición de hombre que adelantó los relojes para que enseguida brotara el
vocablo doping. Está en la naturaleza humana descreer de alguien que rompe
récords a piacere o que trota casi irreverentemente en el segmento final de sus
carreras, haciendo sentir que si fuera a fondo ninguna marca se le resistiría. Los
controles dieron negativo. No obstante, sabemos que eso no será suficiente para
desvirtuar el descreimiento. Cuidar el negocio siempre será un buen argumento.
Ayer, un caso más delicado, el de la teenager sudafricana Caster Semenya, de
innegables rasgos de masculinidad, pero mujer al fin, volvió a agitar el tartán azul
en Berlín, por su aspecto y sobre todo por la evolución de sus tiempos, motivando
no sólo sospechas, sino también comentarios discriminatorios. Lo que hace recordar,
como un flash, la irrupción de Amelie Mauresmo en el Open australiano 1999 y el
revuelo que generaron los dichos de sus colegas.
De todo se duda. La natación dejó su huella con los famosos trajes, prohibidos a
partir de 2010. Las suspicacias aumentaron cuando algunos protagonistas, en off,
deslizaron porqué no podían acomodarse a la superación de los registros y dar pelea:
"Lo de los trajes es verso. Los tiempos se bajan por el doping encubierto. La
indumentaria sirve como excusa perfecta".
El ciclismo contraataca diciendo que se trata del único deporte transparente, que no
oculta sus escándalos y que combate la ilegalidad. Un buen enunciado, casi ingenioso.
La realidad muestra que la trampa se tornó incontrolable.
El tema es: ¿qué estamos viendo cuando vemos deporte? ¿Nos emocionamos
ingenuamente? ¿Compramos la sorpresa y lo histórico, y después reprimimos la
sensación? Y en ese caso, ¿para qué miramos si no creemos? ¿O somos injustos en
sospechar de casi todo?
Abrazar el gris del que hablaba Manu no parece ser tan sencillo. Y no sólo en la Argentina
Fuente: Diario La Nación
|
|