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18 de Diciembre de 2007
El doping genético.
Los expertos alertan sobre una nueva forma de sacar ventaja en las competencias:
modificar los genes de los atletas. ¿Sólo importa ganar?
Mientras los científicos aún debaten la intervención de la ingeniería genética para prevenir
enfermedades graves, los deportistas saltarán, literalmente, por encima de la cuestión ética.
Van tras las modificaciones genéticas y, aunque todavía no hay pruebas, algunos sospechan
que ya las alcanzaron.
Los deportes de élite alimentan un negocio millonario, lo que estimula la inversión de fortunas
para conseguir una nueva generación de deportistas con mejor desempeño. La WADA, la
Agencia Mundial contra el Doping, intenta regularlo y sus funcionarios están muy nerviosos
con esta nueva forma de fraude. Este fin de semana, será uno de los temas centrales de la
III Conferencia Mundial sobre Doping en el Deporte, que celebra la WADA en Madrid, España.
No se descarta que los primeros casos positivos se detecten –si se logra– durante los próximos
Juegos Olímpicos del 2008 en Beijing, China.
Diferencias. Las drogas que se ingieren o reciben para mejorar la performance, y que se pueden
detectar en la orina, arruinaron la reputación de célebres deportistas (ver friso). La transferencia
o modificación genética, en cambio, apunta a “corregir” desde adentro las instrucciones del
propio organismo. Y prácticamente sin dejar huellas.
Hay tres genes que son candidatos a ser modificados: uno que aumenta la masa muscular,
otro que aumenta el oxígeno disponible y proporciona ventaja en los deportes de esfuerzo y
largas distancias, y, por último, una enzima que modifica la respuesta anabólica al
entrenamiento intenso (ver recuadro). Algunas de estas estrategias ya se llevaron a cabo en
monos y dieron resultados técnicamente favorables, si se pasa por alto el hecho de que hubo
que utilizar genes virales e introducirlos en la otra especie, con el riesgo que trae aparejado.
Desde 2003, la transferencia genética fue agregada al código como una práctica inaceptable.
En los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín 2006 la cuestión fue puesta de nuevo sobre el
tapete. Andy Miah, especialista en Bioética de la Universidad de Paisley, Escocia, alerta sobre
la posibilidad de que los deportistas tomen la tecnología disponible para sacar ventaja: “En los
deportes no existen las grandes discusiones éticas que imperan en el campo de la medicina.
Acá hay una sola finalidad: superar las marcas y eso no está en discusión”.
Para el presidente de la WADA, Richard Pound, no caben dudas de que el deporte tendrá que
hacerle frente al doping genético. “No sé si es un futuro lejano o no, pero parece que es
inevitable”, sostiene.
Cuando una firma australiana lanzó al mercado en 2004 un test que analizaba la aptitud
individual para cada deporte, se generó un gran revuelo. La WADA condenó su comercialización
a través de la Declaración de Estocolmo, argumentando que la existencia de este test
desalentaría a los deportistas a entrenarse si su genética no fuera la óptima. Sin embargo, un
test similar podría servir como base para detectar los casos de doping genético.
Miah desconfía: “Es razonable pensar que la WADA no podrá hacer nada para cambiar el curso
de los acontecimientos, sobre todo si no existen garantías de la prohibición explícita de estas
prácticas. Aunque el doping tradicional tiene mala reputación, no es tan obvio que las mayorías
estén en contra de estas tecnologías, por lo menos hasta que sus efectos adversos se
manifiesten. Esta es la cuestión ética básica a resolver”, señala en la revista “The Biochemistry”.
Desafíos. La preocupación de muchos expertos es que, en el futuro, la competencia no sea entre
atletas sino entre las empresas biotecnológicas y otras que se suman al negocio.
El argentino Tony Pena, coach internacional de tenis y miembro de la Asociación de Tenistas
Profesionales (ATP), opina que “el deporte de alto rendimiento es un negocio. Los deportistas
harán cualquier cosa para ganar medallas y las empresas que los patrocinan los alentarán a
echar mano de todo lo que esté a su alcance. Es igual que lo que sucedió con los suplementos
vitamínicos, todos los usan y no tomarlos sería ponerse en desventaja”
“En los deportes de alto rendimiento se transita el límite entre lo fisiológico y lo patológico”,
esgrime por su parte Néstor Lentini, jefe del Laboratorio de Fisiología del Ejercicio del Centro
Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard). “La exigencia coloca al organismo en el límite
de sus posibilidades y mucho más si se los somete a estímulos artificiales como las hormonas
peptídicas o los esteroides anabólicos. Es poner en riesgo la salud, y más aún si se alteran los
genes. Sería equivalente a colocar un motor Ferrari en un coche de calle: puede rendir mejor,
pero la carrocería termina destruida. El Comité Olímpico Internacional y la WADA deberán luchar
contra estas nuevas técnicas.”
En tanto, el traumatólogo Miguel Khoury, médico oficial de la Copa Davis y “fellow” de la Cleveland
Clinic Foundation, afirma que “en los Estados Unidos, se aplican virus con sus genes alterados
directamente en el lugar del desgarro. Esa información genética modificada acelera los procesos
de cicatrización, lo que acorta el tiempo de recuperación”.
Pero otras formas de intervención genética son más peligrosas. El aumento de eritropoyetina, por
ejemplo, aumenta la disponibilidad de oxígeno, pero también espesa la sangre y favorece la
formación de coágulos. El deportista puede ganar la carrera y después morir por una embolia,
mientras duerme.
“Es jugar con fuego”, resume Khoury. “Introducir una modificación en el cuerpo humano que lleva
milenios de evolución es una locura. No podemos saber de antemano si habrá complicaciones
en las que no se pensó. Como sucedió con un antiinflamatorio de última generación, los
laboratorios lo promocionaron como inocuo y diez años después hubo que sacarlo del mercado.”
Equilibrio. El problema es más complejo. Algunos expertos admiten que, incluso sin doping, el
deporte de alto rendimiento no es saludable, porque se enfoca a fortalecer un movimiento
específico o grupo muscular y no al organismo en su conjunto. “Evolucionamos para ser como
Tarzán: un poco de fuerza, un poco de velocidad, un poco de natación, otro poco de aire libre”,
desliza un médico deportólogo.
Según el británico Miah, “el espíritu deportivo no le interesa más a nadie. Las nuevas tecnologías
darán ventaja a quienes puedan obtenerlas. Y los sponsors serán quienes las paguen y alienten
a los deportistas a incorporarlas”.
El debate divide a la comunidad científica, pero la tecnología, al igual que la ciencia, no tiene
moral. “La moral está en las circunstancias culturales. Y para un atleta la única moral conocida
es la de la competencia”. Esta justificación se esgrimirá ante la WADA, que deberá transformarse
para hacer frente a este nuevo desafío, aún cuando dentro del mismo organismo hay sectores
más permisivos y otros muy opositores.
En ningún lugar del mundo los atletas están bien asesorados: hay grandes tentaciones y las
empresas los impulsan al límite con la filosofía de lo descartable. Cuando un deportista
malogrado no pueda competir más, habrá muchos nuevos a quienes ponerles la camiseta.
Pero desde ellos tendrá que venir la solución. “Me gusta cruzar la meta y me gusta ganar, pero
de forma justa”, dice la patinadora china de velocidad Yang Yang A., asesora de la WADA. “No
creo que un deportista que se dope tenga la misma sensación de logro”.
Fuente: Revista Noticias
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