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22 de Enero de 2008
Los clubes de barrio, íconos de resistencia urbana en pleno verano.
Por Eliezer Budasoff
Las temperaturas más duras del verano deben tener sus propias estadísticas entre los
habitantes que se quedan en la ciudad y, más aún, en sus casas y en sus barrios. No todo
es “la temporada en La Feliz”, ni cuerpos en exposición, ni turismo exótico. Hay noticias
sobre el “consumo récord” de energía y de equipos de aire acondicionado que hablan de
los que se quedan, pero también lo hace la venta de piletas de lona o la concurrencia a
los clubes de barrio, aunque nadie se dedique a llevar los números de las prácticas
menos “glamorosas” de los ciudadanos. Equipos de aire, Pelopinchos y clubes de barrio,
bien podrían formar parte de una misma encuesta sobre la resistencia al verano 2008
en Rosario.
“Durante el año es como que sobrevivimos. Entonces, cuando llega el verano, surgimos
de las cenizas como El Ave Fénix”, dice Adriana Bevacqua la tarde del jueves, por encima
del zumbido del ventilador, en la recepción del club El Luchador (Lima 1350). En la vereda
está lleno de preadolescentes que entran y salen corriendo por el pasillo que conduce a la
cancha y a la pileta, ocupada ahora en su mayoría por chicos con la piel arrugada de tanto
estar en el agua, y por señoras que toman sol en el borde y hunden los pies en el agua.
En el quincho, un grupo de socios veteranos juega al truco. El club es pequeño, tiene 75 años
de vida, y conoció otros tiempos de gloria en barrio Echesortu, donde nació con un equipo
de fútbol y una biblioteca. “Cada vez nos cuesta un poco más mantener las actividades
deportivas”, explica Adriana.
El centro de la vida del club ahora pasa por la pileta. El Luchador tiene alrededor de 450
socios fijos, y el número se incrementa cada verano con los “socios golondrinas”: “Gente
que en el verano viene, se asocia, pero después en el invierno desaparece”, señala.
La temporada es prolífica: “De los casi 500 socios que tenemos, hay 250 personas que
vienen al natatorio. Es mucho para nosotros”. El público es gente del barrio, “familias y
chicos que vienen solos”, miembros de una clase media en vías de extinción: “Ahora están
los ricos y los pobres. Pero está esa gente que trabaja todo el día, que no puede irse de
vacaciones, y que aprovecha?”.
En el club Atalaya, en Juan Manuel de Rosas 2555, “se vive en invierno con lo que se
genera en verano”, explica Marité, vicepresidenta de la entidad. Por los altoparlantes se
oye una canción lenta de los 80, salpicada cada tanto por el ruido de los chapoteos en la
pileta. Los pequeños espacios verdes que rodean el natatorio están ocupados casi por
completo, pero la gente convive en armonía. Una pareja joven lee sobre el pasto, y cada
tanto mira con curiosidad el grabador y la cámara de fotos sobre los tablones cercanos a
la cantina.
“Más allá de que esto es un club de básquet”, dice Cristina, vocal de la Comisión Directiva,
“la gente se ve en verano”. En invierno, el número de socios “ronda los 400, y en verano
se duplica. Te diría que hay veces que hasta se triplica”, explica Marité. En buenas
temporadas, señala, se ha “llegado a los 1.000 socios”. Al igual que en la mayoría de los
clubes que tienen pileta, existe una categoría para incorporar a la gente que sólo concurre
cuando aprieta el calor.
El patio del barrio. “Es un gran patio”, define Pablo Giavarini, presidente del club El Tala, en
una mesa de la cantina. El club, en Cochabamba 570, es uno de los pocos que quedan en
el distrito Centro: “En lo que es el centro, el casco viejo de la ciudad, no tenés nada. Los
pasaron por arriba”, explica.
El club nació con el fútbol barrial en 1920, y tenía terreno “hasta calle Pellegrini y casi hasta
1º de Mayo”, pero se fue convirtiendo en club de básquet al igual que la mayoría. Y “cuando
se vino la urbe, se compró de terreno lo que se pudo comprar con los socios de entonces”,
explica Giavarini. Más que una gran familia, dice, es un gran patio para “la gente
laburadora” de la zona.
Son las 19.30. El club está lleno. Un grupo de mujeres hace gimnasia en el agua. Las mesas
están repletas de adolescentes con camisetas de básquet de equipos de la NBA. Se ve más
gente en el verano “por el tema de la pileta”, concede Giavarini, pero “el trabajo se hace
todo el año”.
Más y menos gente. “La mayoría de los socios que vienen son del barrio”, cuenta Andrés
Mascali, vocal de la Comisión Directiva de Atletic Sportmen, uno de los principales clubes de
Echesortu. “Hay gente que se va yendo, como nosotros, que vinimos de chicos al club y... que
se yó, por ahí vos te casás y te mudás, pero podes venir aunque seas de otro barrio si no
está muy lejano”.
Atletic Sportmen tiene aproximadamente 1.000 socios señala César González, secretario de
la entidad, y en verano crece en un 20 por ciento por los “socios golondrina”, que suman
“200 o 300 personas más”. Sin embargo, aseguran, allí el número de socios también crece
durante el invierno.
Nació como club de fútbol, “pero ya desde hace muchísimos años el deporte principal es el
básquet. Acá tenemos un equipo de primera división de la liga rosarina. Y mueve mucha
gente, es un club de los que más gente mueve”, asegura Mascali.
La afirmación está disputada: “Los socios del club siguen el básquet del club. De los clubes
de básquet, yo te diría que es el que más gente moviliza”, afirma Marité, de Atalaya, y
recuerda la vida social de otros años, cuando “se hacían comparsas con los socios para el
carnaval”, cuando a las tres de la tarde salían todos de la pileta para maquillarse y partían
desde el club los colectivos, con más de 150 personas, para participar de los eventos.
La gente hoy está “desmovilizada”, asegura Marité. Pero “hay un grupo permanente de
entre 30 y 50 familias”, asegura Cristina, que permanece “temporada tras temporada,
invierno y verano”.
"Algo loco es que a los clubes de barrio les va mejor cuando la economía está mal. ¿Por
qué? Porque la gente recorta sus gastos. El club de barrio es más barato", dice Giavarini.
"En estos momentos no está tan mal la economía, pero ¿cuánto te sale cruzar a la isla?
¿Cuánto te sale una cuota en un gimnasio, o en otros clubes que no sean clubes de barrio?
Capaz que te sale el doble o más. Para gente laburadora es mucho más cómodo", señala.
"No es lo mismo el club Torito, en Alberdi, que Gimnasia y Esgrima", explicaba la
antropóloga y docente Silvia Bianchi a los comunicadores del sitio Enredando (comunidades
en red) de Rosario.
En Rosario sobrevive más de un centenar de entidades.
Según el registro de la Municipalidad, en Rosario existen 123 clubes registrados, la mayoría
de ellos Sociales y/o Deportivos. Más de un 70 por ciento se concentra en los márgenes
del centro, hacia el oeste y hacia el sur de la ciudad.
El escenario se repite con sus propias características. Un playón o una cancha techada, la
pileta, un bar/comedor o cantina, los rectángulos verdes que hayan podido robarle al
fenómeno inmobiliario, un quincho, mesas o tablones. En casi todos persisten detalles
que hablan de una existencia centenaria, y existen rincones dedicados a la exhibición de
trofeos, íconos del pasado reciente.
Aunque no todos tienen pileta, su vida institucional se suele dividir en dos: “Te lo marca
el calendario escolar. Cuando termina la escuela empieza la temporada de verano. A partir
de ahí no tomamos socios, porque generalmente se vienen a asociar por el tema de la pileta exclusivamente”.
Para ellos existe la categoría de “invitados”. El Tala tiene alrededor de 400 socios, y cada
verano el número aumenta con más de 100 “socios golondrina” y grupos familiares nuevos.
Nostalgia: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”, explica
el diccionario. Dicen que en los clubes de barrio se la huele, y puede que sea cierto. Más
allá del verano agitado, del presente ruidoso que llega desde las piletas o las canchas, lo
que aún se mantiene con vida en algunos clubes es un modo de relación social que, en el
mejor de los casos, resiste férreamente los imperativos del tiempo y del mercado.
Fuente: Diario La Capital
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