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03 de Julio de 2007
Rosario.
Por Roberto Fontanarrosa.
Somos creativos, a falta de paisaje. Rosario tiene lindas minas y buen fútbol. ¿Qué
más puede pretender un intelectual?. Esa es mi respuesta cada vez que me preguntan
por qué vivo en Rosario. Hecho que, por otra parte, no es demasiado curioso. Un millón
doscientas mil personas han tomado la misma determinación. Lo de las mujeres,
señores, es destacable.
Más de una vez pensé, y hasta lo propuse, que si había que hacer una campaña
publicitando Rosario como destino turístico, a falta de mar, picos nevados o juegos de
azar, teníamos que hacer hincapié en lo de las mujeres. Considerando, además, que ya
pasó aquel momento brillante de la ciudad, cuando se proclamaba Capital Mundial de la
Prostitución y miles de turistas llegaban a la Chicago Argentina en busca del luminoso
barrio de Pichincha. Momento que, por lógicas razones cronológicas, no pude vivir, lo que
me recuerda aquella frase de Woody Allen: 'Yo me perdí la Revolución Sexual por dos
meses'.
Admito que nunca encontré una frase impactante para mi propuesta publicitaria. La
fellinesca 'Rosario, la ciudad de las mujeres' suena un tanto obvia y sin gracia. 'Rosario,
Capital Nacional de la Potra', rotunda y aceptada rápidamente por la vulgaridad de mis
amigos, era sin duda burda y bastante peyorativa hacia el género femenino. Buscar algo
en torno a 'loba', nos hubiera emparentado demasiado con Roma. La idea quedó en la
nada.
Este impulso mío de resaltar la belleza de las mujeres locales se contrapone,
paradójicamente, con una inquietante y reveladora teoría que estoy por lanzar en breve
mediante mi ensayo Somos todos feos. Sostengo allí, valientemente, que el 90% de los
seres humanos nos ividimos, estéticamente, entre normales, feos y horribles. Solo hay,
lo lamento, un 10% de bellos, que son aquellos a los que se les paga por su condición
de hermosos, aparecen en las tapas de las revistas, desfilan en las pasarelas y brindan
sus nombres a perfumes costosos. No se les exige decir frases ingeniosas, pensar o
emitir opiniones profundas. Sólo se les reclama que sean lindos.
Cuando se generaliza diciendo 'La mujer brasileña es bellísima' o 'El hombre argentino es
muy buen mozo', se habla, duro es admitirlo, de un 5% de nuestros habitantes. Pero toda
teoría tiene su excepción, mis amigos. Y debo aceptar que la mujer rosarina como la de
Cali, Colombia) está muy pero muy buena. Rebuena, dirían los chicos. Y aquí también
arriesgo un par de explicaciones a tal fenómeno natural. Primero: la soja. Esta leguminosa
(hoy por hoy alimento estrella a nivel mundial) es la base nutricia de la mujer rosarina, la
que la hace más sólida, más maciza, más protuberante y más sabia. Segundo: la
pendiente de la ciudad hacia la costa. Desde la época de las lavanderas, nuestras señoras
han debido bajar hacia el río, descender hacia el Paraná por calles empinadas como
Laprida o Rioja, lo que las obliga a echarse hacia atrás buscando el equilibrio,
comprimiendo los glúteos, tensando los músculos del estómago y sacando pecho, para
sostener, además, el canasto de ropa sobre sus cabezas. Los resultados están a la vista,
mis amigos, aunque no todos al alcance de la mano.
Usted no puede darse vuelta a mirar a una señora en la peatonal Córdoba porque se
pierde. Se pierde la que viene de frente. La exaltación de las mujeres, asimismo, se
entronca en el recurso rosarino de defender la ciudad rescatando el paisaje humano ante
la moderada oferta de atractivos geográficos mayores. Seamos realistas, el Paraná boca
arriba (como poetizó Pedroni) es enorme, pero no es el mar y alrededor no tenemos ni
siquiera mansas serranías, como Córdoba.
Entonces, cada vez que el rosarino habla de Rosario, menciona nombres y apellidos: el
Che Guevara, Olmedo, Fito Paéz, Baglietto, el Gato Barbieri, etc. etc. etc. Por ahí va la cosa.
Más que nada por el lado de la Cultura. Y sobre la cultura rosarina siempre hay una mirada
curiosa, desde otras latitudes. '¿Por qué en Rosario se produce un movimiento cultural tan
grande?', suelen preguntarme periodistas porteños, por ejemplo, que llegan a Rosario y
no encuentran lugar en los hoteles, copados por un miniturismo atraído por la oferta de
teatro y espectáculos musicales, cuando no congresos o simposios.'Porque en Rosario no
hay otra cosa para hacer' contesto yo, medio en serio, medio en broma. Lo que no es
absolutamente cierto, pero que algún viso de realidad tiene. Las ciudades turísticas no se
caracterizan por generar cultura. En Bariloche, digamos, la gente tiene puesta su energía
en alquilar esquís, elaborar chocolate, ahumar ciervos y ofrecer perros San Bernardo con
los cuales sacarse fotos. En Mar del Plata la energía recaerá en ofrecer barcas para pescar
tiburones, organizar un Bikini-Open, fritar cornalitos y vender choclos en Punta Mogotes.
Siempre me pregunto '¿Cuántos escritores dio Las Vegas?'.Debe darse, además, en
ciudades como Rosario, un condimento de contagio. 'Si de acá salió Fito -se preguntará
algún pibe, como el ío, que toca el bajo- y salió Baglietto y salió Litto Nebbia...¿Por qué
no puedo salir yo?'. Los proyectos artísticos no suenan, entonces, tan descabellados.
Como nadie se asombra en Rosario si un pibe apunta para futbolista profesional. Todos
conocemos varios, hijos de amigos, sobrinos o conocidos que ha aparecido en las inferiores
de Ñuls, Central o Renato Cessarini.En definitiva, Rosario es como una Buenos Aires más
chica, afortunadamente más chica y con muchos menos habitantes. Soy, lo confieso, uno
de los tantos rosarinos que anhelan, egoístamente, que no seamos millones. Nadie ha
podido explicarme cual es la ventaja de ser muchísimos, dónde radica el beneficio de ser
como San Pablo, o ciudad de México, exagerando. Rosario es una ciudad de inmigrantes,
marcadamente italiana, más tanguera que folclórica, más comerciante que colonial, que
busca un perfil identificatorio a través de lo que hace y produce, Pero claro, nuestra
proximidad con Buenos Aires a veces nos mimetiza con ella. Hablamos como los porteños,
el tango nombra a San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo pero ignora el Monumento a
la Bandera, no tenemos un cantito como cordobeses, tucumanos o santiagueños y todo
esto, en ocasiones, nos acompleja, nos hace pensar que no somos diferentes ni
reconocibles o que nos falta una personalidad clara y avasalladora.
En verdad, nunca me desveló ese tema. 'El estilo es la insistencia' dijo alguien. Y es ocioso
sentarse a esperar un estilo. Poco habría producido yo si, antes de empezar a dibujar,
hubiese pretendido definir mi estilo. El estilo aparecerá con el correr del lápiz.
A mi juicio la identidad, como el movimiento, se demuestra andando. Con una buena cuota
de creatividad. Rosario es una ciudad de creativos, mis amigos. Por algo Belgrano, para
crear la bandera, eligió Rosario.
Roberto Fontanarrosa.
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