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24 de Enero de 2008

Discípulos que prometen enriquecer el debate.

de Cristián Grosso

César Luis Menotti estimula la espontaneidad, la resolución creativa de los obstáculos
que propone el fútbol. Carlos Bilardo representa la antítesis: sabe que hay
muchas situaciones que inexorablemente van a suceder en un campo de juego
y ofrece respuestas preestablecidas. Como la inspiración absoluta y la previsibilidad
carcelaria son estados de difícil convivencia, la polémica se encargó de dinamitar
estas concepciones futbolísticas antagónicas. Nació una antinomia que dibujó un
abismo, con adoradores y detractores, con herederos y herejes. "No desprecia la belleza
para alcanzar la eficacia; en cambio, otros, representan el pragmatismo de aquel que en nuestra
más tierna infancia nos dijo que los Reyes eran los padres"
, han señalado los laderos de
Menotti. "Su propuesta se ha quedado adormecida en un lirismo improductivo" , no dudaron
en responder los camaradas de Bilardo.

La confrontación de estilos entretuvo y lastimó durante años. Dejó cicatrices, claro. Y
sembró discípulos. Más allá de que nadie es igual a otro, con adhesiones muy
reconocibles a cada doctrina. Aceptándose los matices, detrás de Menotti pueden
encolumnarse Valdano, Ardiles, Babington, Gabriel Calderón, Julio Villa y, con algunas
reservas, Ramón Díaz, por ejemplo. Pero ni Passarella ni Gallego, que optaron por un
camino que contempla más recaudos. Entre los ex dirigidos por Bilardo se los descubre,
entre varios, a Trossero, Russo, Garré, Ruggeri, José Luis Brown, Burruchaga, Pumpido,
Batista, Pedro Monzón y hasta a Troglio, aunque con algunas versiones -a veces- algo
más atrevidas.

De ninguna manera se lo puede ubicar aquí a Claudio Borghi, un rebelde para la huestes
del doctor . Al Bichi resulta familiar identificarlo con el estilo de Alfio Basile, un hombre con
códigos de tablón y sin rebusques tácticos. Como Antonio Mohamed, otro representante
de la línea sucesoria del Coco.

Mientras Passarella, hasta aquí, parece que no ha dejado estela ni inaugurado ninguna
escuela -tal vez, sólo a Leonardo Astrada se lo podría emparentar-, otras dos corrientes
parecen dispuestas a nutrir a las nuevas camadas de entrenadores. Carlos Bianchi y
Marcelo Bielsa, de ellos se trata, sin controversias altisonantes, porque sus personalidades
son reacias a la exposición. Con el equilibrio, como impronta de sus equipos. Después,
por supuesto, surgen las predilecciones: Bianchi y su eficaz mirada pragmática,
Bielsa y su acentuada obsesión ofensiva. Entre los acólitos del Virrey se anotan Cagna,
Basualdo, Trotta y, próximamente, Guillermo Barros Schelotto. Entre los alumnos
aventajados de Bielsa figuran Martino, Simeone, Sensini y Llop. Ni un romántico suicidio ni
la mezquindad para no morir. Sin fundamentalismos siempre se enriquecerá el debate.

Fuente: Diario La Nación

 

 

       

 

 

 
 
 

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