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20 de Septiembre de 2007
El miedo a jugar.
Desde las divisiones menores, ese es el sentimiento con el que se forman
a los jóvenes deportistas.
Por Rubén Rossi *
En el mundo actual, moderno, globalizado, el miedo parece ser el común denominador
a la hora de vivir. Y aunque parezca mentira, el miedo también se apoderó del fútbol,
juego, si los hay, de niños y jóvenes. Ya se sabe que cuando uno le tiene miedo a algo
corre, no juega, y esa negación al juego en sí es la que se advierte en el presente, se
debe comprender que en esas edades se "pierde" si no hay formación por más que se
"gane" en el resultado deportivo.
Como todos saben, miedo y juego son dos estaciones demasiado lejos una de la otra,
y en la niñez, el miedo produce sensaciones que nada tienen que ver con la alegría, la
diversión, la espontaneidad y mucho menos la creación. Los niños son los principales
"maestros" de otros niños en cosas nada frívolas, como el aprendizaje de distintos
juegos. ¿Existe algo más patéticamente ocioso que los esfuerzos de la mayoría de los
adultos por enseñar a los niños a jugar a las bolitas, la escondida o el propio fútbol?
Como si los frecuentes compinches de juegos no les alcanzaran para esos menesteres
pedagógicos.
¿Alguien me podría explicar cómo se puede aprender desde la amenaza, desde la sanción,
desde la solemnidad, desde esa seriedad propia de los adultos avenidos a directores
técnicos, en muchos casos más por ocasión que por vocación? El temor a perder de los
padres se traslada a los dirigentes, aquéllos a los entrenadores, éstos a los
niños-jugadores, los verdaderos protagonistas, y bien se sabe que nadie progresa desde
el miedo, pues éste, omo el nogal, no deja crecer nada bajo su sombra.
Soñamos con un fútbol que, siendo serio, jamás se vuelva grave. La seriedad no necesita
del miedo. Cuanto más alegre es la seriedad, más eficiente y convincente es, pues por
fundamentales que sean los conceptos futbolísticos que se deben aportar, indudablemente
su importancia efectiva no reside solamente en ellos sino en el modo en que los niños y
jóvenes aspirantes a futbolistas los asimilan y los incorporan a su forma de entender,
practicar y desplegar su propio Juego. Es un deber imprescindible comprender como
docentes deportivos que el error que comete un niño en un partido es sólo un momento
en la búsqueda de ese saber indispensable que se necesita para poder jugar bien al fútbol.
Estoy absolutamente convencido de que el mayor crimen que se puede cometer contra la
auténtica naturaleza del fútbol es jugarlo mecánicamente. No hay nada peor que un
futbolista extremadamente automatizado, burócrata, obediente y que esa sumisión se
deba al miedo que le inspira e infunde su entrenador, sin imprimirle a su juego su propia
concepción del mismo, como si el juego fuese cosa de ese señor parado al lado de la línea
de cal que si precisamente se dedica a algo, es a no jugar.
La palabra autoridad proviene etimológicamente del verbo latino augeo, que significa, entre
otras cosas, "hacer crecer". Y para hacer crecer a un niño o a un jovencito en fútbol sólo se
necesita de dos factores: afecto y sabiduría, cualidades que le otorgan a quien las detente
la mayor autoridad que puede poseer un "ayudador" en esas edades formativas.
No hay caso: todo lo que en la infancia es jugar no es otra cosa que experimentar con el
azar; jugando, los niños van encontrando su vocación, sea ésta la de mecánico, médico,
astronauta o futbolista, vocación que es una forma de amar la vida y un arma precisamente
para luchar contra el miserable miedo a vivir, ese miedo que, como dice el personaje
mencionado, está justificando todos los fines.
He observado y observo distintos tipos de entrenadores; como en toda actividad, existen los
muy buenos, los regulares y los malos, pero parece ser que en los últimos tiempos un número
excesivo de entrenadores de divisiones inferiores han asumido un excluyente compromiso
con los resultados deportivos, al "ganar como sea", porque creen que en ese triunfo efímero
sus jugadores se capacitarán para jugar en Primera División, ignorando que el miedo a jugar
de los niños de hoy sólo les hace perder a los hombres de mañana el valor para ganar.
* Campeón juvenil 1979 y entrenador de divisiones inferiores.
Fuente: Diario Página 12
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