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26 de Marzo de 2008

24 de Marzo de 1976

de Ezequiel Fernández Moores

Qué hacer con el deporte en tiempos de horror? Para los militares golpistas del
24 de marzo de 1976 el deporte fue una prioridad. Sus primeros comunicados
sólo prohibían. El número 23, en cambio, autorizó.




Permitió la interrupción de la cadena nacional para trasmitir el partido amistoso que la
selección de César Menotti le ganó 2-1 a Polonia en Chorzow. Y en una de las primeras
reuniones de la Junta, el almirante Emilio Eduardo Massera convenció al general Jorge
Rafael Videla de que Argentina debía asumir la organización del Mundial 78 porque,
según le dijo, sólo costaría 70 millones de dólares. No los 700 millones que se gastaron
finalmente.   

Los dictadores argentinos no fueron originales. Hitler, igual que Videla, tampoco era un gran
entusiasta del deporte. Su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, fue quien lo convenció
para que confirmara que aceptaba la designación de Berlín como sede de los Juegos
Olímpicos de 1936. La Alemania de Hitler y la Argentina de Videla fueron campeonas en
casa. Y las imágenes de festejos populares aplastaron al menos momentáneamente las
del dolor y la represión. Hitler supo qué hacer con el deporte. Y Videla también. Lo reflejaron
todos los informes televisivos de estos días sobre el 32° aniversario del golpe, que mostraron
a Videla, que casi jamás había ido antes a una cancha, saltando eufórico en el Estadio
Monumental.

Pero más lo supo aún el ambicioso Massera. El almirante dejó que el Ejército impusiera al
coronel Antonio Rodríguez como presidente del Comité Olímpico Argentino (COA). Pero él
se adueñó del fútbol. Por las buenas y por las malas. Primero frenó la designación de
Gregorio Trimarco (dirigente de Vélez y hermano del general Domingo Trimarco) como nuevo
presidente de la AFA, donde impuso el nombre de Alfredo Cantilo. Y luego, según lo
indican numerosos testimonios, Massera ordenó matar al general Omar Actis, horas antes de
que éste se presentara ante la prensa internacional como presidente del Ente Autárquico
Mundial 78 (EAM 78). Muerto Actis, el EAM, creado por los militares para quedarse con el
negocio del Mundial, sin rendiciones ni controles de cuentas, pasó a tener como nuevo
hombre fuerte al almirante Carlos Lacoste. El fue el amo y señor del deporte durante los años
de la dictadura: además del Mundial, Lacoste, ya fallecido, exigió a Ubaldo Fillol que
cesara reclamos salariales en River Plate porque no era bueno que un trabajador lo hiciera,
exigió al cabo sastre del Ejército, Próspero Cónsoli, presidente de Argentinos Juniors, que
ordenara callarse a Diego Maradona y hasta intervino en las peleas entre Guillermo Vilas y
José Luis Clerc en el equipo de Copa Davis.

"El Mundial comenzó siendo un hecho deportivo, pero terminó siendo un hecho político",
admitiría Lacoste. La FIFA lo premió con el cargo de vicepresidente y lo invitó a todos los
Mundiales. Su presidente, Joao Havelange, lo defendió inclusive ante la justicia argentina, ya
en democracia, cuando un fiscal detectó que el marino había incrementado su patrimonio
personal en un 441 por ciento. La FIFA no opuso ningún reparo al Mundial argentino, pese a
que el propio Havelange sabía que a sólo setecientos metros del estadio de River, en la ESMA,
funcionaba el principal de los 340 campos de concentración de la dictadura. Por allí pasaron
unas cinco mil personas, algunas de las cuales fueron arrojadas vivas al Río de la Plata. La
fiesta y el horror estuvieron tan cerca una de otro que, según testimonios, hubo presos con
capucha y grilletes que escucharon e inclusive gritaron los goles de Mario Kempes y compañía.

"Esa pregunta me la hice muchas veces yo después. Cómo reaccionaría un torturador al
escuchar nuestros goles por ejemplo, si se ´ablandaría´ un poquito, porque estaría más contento
porque Argentina ganó. Pero al mismo tiempo significaba más tiempo de permanencia en el
poder para el gobierno, más tiempo de permanencia para el torturado...¿La respuesta? No,
no la tuve". La reflexión pertenece a Osvaldo Ardiles, un ex estudiante de abogacía que
creía que los argentinos eramos "derechos y humanos", como decían los militares y su prensa
amiga. Un Ardiles que se indignaba cuando un periodista extranjero le preguntaba por la
dictadura, pero que cuando se fue a jugar a Inglaterra y tomó dimensión del horror se afilió
a Amnesty International. El fútbol que oprime o el fútbol que alivia. Pero siempre fugaz. Sólo
algún militar ignorante pudo imaginarse que ese carnaval futbolero sería eterno. Que era
sinónimo de legitimidad. Y que una pelota taparía todo y para siempre.

Una veintena de rugbiers del club La Plata, el atleta Miguel Sánchez, el tenista Daniel Schapira,
la jugadora de hockey sobre césped Adriana Acosta y el futbolista Carlos Rivada, entre otros,
desaparecieron tras el golpe del 24 de marzo. Algunos inclusive antes, cuando ya una
Argentina armada jugaba con la muerte, aunque para muchos resulte más tranquilizador
demonizar sólo a Videla y a sus secuaces.  Pero el deporte, en realidad, siguió como si nada
después del 24. Como lo hizo buena parte del país. Ganaban Carlos Monzón, Guillermo Vilas
y Los Pumas. Y se gritó el Mundial 78. Gritaron los goles del Mundial el esposo de Hebe
Bonafini y los familiares de Estela Carlotto, mientras ambas lloraban su dolor. La fiesta y el
horror bajo un mismo techo. "El fútbol -dijo una vez el sociólogo Horacio González- tiene algo
de irremediable y fatal. Cuando dice ser revelador de ansiedades compartidas, oculta
sentimientos ilegibles. Pero cuando se afirma que encubre grandes cuestiones, descubre las
íntimas complejidades de una cultura". Podrá ocultar o descubrir. El fútbol, mucho más allá de
los Videla, está incorporado a la memoria popular. Como deberían estarlo los 24 de marzo
de 1976.

Fuente: Diario La Nación

 

       

 

 

 
 
 

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