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25 de Noviembre de 2008

Kindergarten

 

Por Ezequiel Fernandez Moores.


"Estos son los campeones del mundo", publicó el diario O Mundo un día antes de la final,
con una fotografía de los integrantes de la selección brasileña. El alcalde de Río de Janeiro,
Angelo Mendes de Moraes, visitó al plantel y también celebró antes de tiempo. "¡Ustedes,
jugadores, que en pocas horas más serán aclamados campeones por millones de
compatriotas! ¡Ustedes, que no tienen rivales en todo el hemisferio! ¡Ustedes, que
superan a cualquier otro competidor! ¡A ustedes ?dijo el alcalde-, ya los saludo como los
ganadores!". Brasil venía de demoler 7-1 a Suecia y 6-1 a España. ¿A quién podía
importarle que la final aún no se había jugado? La historia es conocida. A Brasil le bastaba
el empate, pero Alcides Ghiggia anotó el 2-1 a doce minutos del final. "Gooooool de
Uruguay", narró Luiz Mendes, relator de Radio Globo. "¿Gol de Uruguay?", se preguntó
inmediatamente. Y se respondió al segundo. "Gol de Uruguay, Gol de Uruguay?". Lo
repitió seis veces. Como él, los casi doscientos mil brasileños que colmaron el Maracaná.
"Sólo tres personas hicieron callar al Maracaná: Frank Sinatra, el Papa Juan Pablo II y
yo", se jactó Ghiggia. El Maracanazo, como pasó a llamarse aquella derrota, "es tal vez
la mayor tragedia de la historia contemporánea de Brasil", llegó a escribir el antropólogo
Roberto da Matta. "Es algo así como nuestro Hiroshima", escribió el periodista y
dramaturgo Nelson Rodrigues. El novelista Carlos Heitor Cony contó que los hinchas que
"sobrevivieron" a esa derrota merecían "un monumento colectivo, como la Tumba del
Soldado Desconocido".

El Maracanazo, según muchos, es la mayor lección que aún hoy ofrece el deporte para los
que se creen ganadores antes de tiempo. Para los que no advierten que los partidos "se
terminan cuando acaban", como dijo ese día el entonces presidente de la FIFA, Jules
Rimet. En Brasil, según el periodista Alex Bellos, no hay libros dedicados a contar
exclusivamente la alegría del tricampeonato Mundial de México 70. Pero sí, en cambio,
hay cinco sobre el Maracanazo, además de otros tres sobre el Maracaná que contienen
decenas de páginas para recordar la dolorosa derrota del ?50.  

Sin embargo, año tras año, el deporte, una generosa fábrica de ilusiones, escribe nuevos
Maracanazos, como si nadie quisiera aprender la lección. Acaba de sucederle al tenis
argentino. A diferencia de Brasil, no hubo aquí diarios que publicaron la foto anticipada
del campeón ni políticos que anticiparan su discurso. Fue sólo un detalle. Un importante
suplemento de doce páginas de un diario nacional anunciando la final no dedicó siquiera
un artículo para hablar del rival. Apenas una ficha estadística sobre los singlistas del
viernes. Para qué más, si el rival no existía, como Uruguay en 1950. "Líder ?dijo una
vez el exitoso entrenador argentino de vóleibol, Julio Velasco- es aquel que ejecuta con
el cuerpo lo que dice con la boca". Y al equipo argentino le faltó un líder. Exigencias
económicas de última hora y arribos tardíos y en lamentable forma física lo reflejaron.
Algo falló para que el punto decisivo del sueño de décadas terminara siendo jugado
por un tenista que fue pura voluntad, pero que estaba lejos de su mejor nivel y de
imaginarse que a él le tocaría afrontar semejante compromiso.
             
España ganó bien porque fue un mejor equipo. Venía de una semifinal agitada ante los
Estados Unidos. Con sus jugadores furiosos con su Federación porque ésta había elegido
la sede de Madrid. Fue un enfrentamiento que, apenas unos meses antes, incluyó la
difusión pública de mensajes telefónicos (sms) en los que el propio presidente de la
Federación, Pedro Muñoz, cruzaba burlas ("macho ibérico", le decía a Carlos Moyá) con
jugadores y entrenadores, con frases como "eres el número uno de la mentira y el
choriceo", "si tienes dignidad, lárgate" y "veo que sabes mucho de noches oscuras y
desabrocharte gabardinas". Andy Roddick se enfureció por la conducta de los aficionados
españoles y cruzó insultos con el capitán Emilio Sánchez Vicario, al que acusó de incitar
al público. "Que se vaya a la Argentina para ver un público hostil", lo desafió Sánchez
Vicario, el mismo que aquí sí fue un modelo de deportividad, igual que sus jugadores.
No hay dudas de que fueron patéticos los insultos del sábado. El deporte, y no sólo en
la Argentina, suele exhibir nuestras peores miserias, además de brindar grandes
emociones. Algunos colegas españoles me confesaron que se les puso la piel de gallina
con el aliento del público argentino a sus jugadores. Por TV, eso sí, el show de tribunas
pareció superar por momentos al del campo de juego, donde estaban los verdaderos
protagonistas. 

"La gloria que no fue" es el nombre de un libro que publicó en 2007 el periodista Alejandro
Di Giácomo. El primer capítulo analiza "El Desastre de Suecia", por el Mundial de 1958 al
que la Argentina fue creyendo que ganaría el título, pero del que se despidió en primera
rueda, goleada 6-1 por Checoslovaquia. El "sesgo narcisista" de la "fantasía" de que la
Argentina estaba "predestinada a tener un lugar central en el mundo" comienza allí "a
darse de cara con los hechos", dice en el libro el historiador Fernando Devoto. Unos
300 hinchas recibieron a los jugadores en Ezeiza bajo una lluvia de monedas, insultos
y gritos de traidores. "Somos caníbales", afirma el siquiatra Rodolfo Venialgo Acevedo.
Y agrega: "convertimos en dioses a los exitosos o a los famosos, les trazamos metas
que son nuestras más que de ellos, les hacemos creer que las alcanzarán, pero cuando
no pueden llegar a ellas los aniquilamos sin piedad y con llamativo salvajismo". Otro
capítulo trata la frustración de Carlos Reutemann cuando se quedó sin nafta a
ochocientos metros de la meta del Gran Premio de Fórmula 1 de 1974, con el
presidente Juan Domingo Perón enviado de urgencia al autódromo para subirse al
podio ganador. El cuarto recuerda el 5-0 de Colombia en el Monumental a una selección
argentina ensoberbecida por una serie invicta y que negaba la palabra a quien osara
criticarla. Y el quinto habla del doping de Diego Maradona en el Mundial 94. "Diego es
el síntoma, la enfermedad está aquí, de Villa Fiorito a Recoleta", escribió Osvaldo
Soriano. El libro confirma que Dios no es argentino. Y que el deporte sólo refleja una
realidad mayor: ¿o acaso no "ganábamos" también en las Malvinas? "La derrota en la
Copa Davis ?me cuenta Di Giácomo, autor del libro- tiene denominadores comunes:
sensación de imbatibilidad de parte de los deportistas, los medios y buena parte de
la sociedad, cierta subestimación del rival, efervescencia previa donde domina la pasión
y no la razón y, luego, el colapso inesperado que irrumpe en la escena y desata enojo,
gran encono y una sensación de enorme frustración, sin autocrítica y apuntando a
factores externos o a chivos expiatorios para justificar lo que pasó".
   
El periodismo no fue el culpable de la derrota, más allá del exitismo habitual y de los
egos que quedaron al desnudo en la conferencia pospartido, en la que llegó a decirse
que nuestra misión, la de la prensa deportiva, consiste en "vender victorias". Las
derrotas, es cierto, no venden. Pero se puede aprender de ellas mucho más que de
las victorias. ¿Habrá tiempo para evitar que la relación David Nalbandián-Juan Martín
del Potro siga el camino de la de Guillermo Vilas-José Luis Clerc? ¿Y de que en las
próximas Copas Davis se hable menos de patriotismo pero haya más profesionalismo?
En un viejo documental sobre el Maracanazo, un hincha brasileño decía amargado
que "ese día se acabó nuestra infancia". Habrá, pues, que comenzar a ser un poco
más adultos.


Fuente: Diario La Nación

 

       

 

 

 
 
 

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