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30 de Septiembre de 2008

Ordás le sacó un bote al rival más difícil

 

El remero, de 31 años, que en abril último sufrió un grave episodio
cerebrovascular que puso su vida en peligro, está en plena rehabilitación
y retomó su tarea como instructor en el club Canottieri Italiani; dice que
todo cambió desde entonces; "estar hablando ahora es un milagro", asegura.




Lo primero que se siente al ver a Damián Ordás y estrecharle la mano es alegría y alivio.
En la cabeza de quien pudo verlo hace cinco meses, aunque más no fuera fugazmente,
quedó grabada la imagen triste de un muchachón postrado, enfrentado a la muerte casi
como algo cotidiano. Ahora Damián devuelve una mirada vivaz, una sonrisa casi milagrosa.

Es inevitable asociar las dos imágenes. Ordás habla con dificultad, secuela propia del
problema de salud que sufrió y de quien todavía atraviesa una rehabilitación larga y difícil.
El 20 de abril último se le declaró sin aviso una enfermedad muy grave: un coágulo en
el tronco basilar del cuello, que por sus características no era operable. Episodios
cerebrovasculares de ese tipo representan la segunda causa de muerte en el mundo,
según estadísticas médicas. Se le manifestó en medio de su rutina como instructor de
remo en el club Canottieri Italiani.

Un muchacho de 30 años, un deportista fornido, que había ganado dos medallas de
oro en los Panamericanos de Winnipeg, en 1999, estaba entregado a un destino incierto.
Hoy, cinco meses después, Damián, que cumplió 31 años el 1° de agosto, lo recuerda
perfectamente, otra vez en su club mientras espera que sus alumnos regresen de la
pista de remo. Está sentado en una silla de ruedas, pero su apariencia es tan saludable
que eso no se nota enseguida.

"La noche del sábado anterior había comido con amigos. El domingo, mientras iba a
la pista en bicicleta, de golpe sentí un calor fuerte. Me mareaba. Me bajé y me senté en
el piso. Ahí quedé, tirado. El papá de un chico me encontró. Si no hubiese sido así, hoy
no podría contarlo. Todo lo que me daban para tomar lo vomitaba. Me decían que
levantara las piernas. Me cargaron en un auto y me llevaron al hospital de Pacheco.
Estuve diez horas tirado en una camilla y nadie nos daba bola. Estaba con amigos y
con mi familia; ellos siempre estuvieron a mi lado. A la noche me llevaron al Hospital
Naval. Ahí se portaron muy bien conmigo."

En ese hospital, frente al Parque Centenario, Damián estuvo cinco días en terapia intensiva.
Luego lo trasladaron a una sala común. Algunas semanas después, su tratamiento
continuó en el Fleni, un instituto especializado de rehabilitación en el que quedó internado
varios días. A fines de junio regresó a su casa. Pero antes, a diario debió echar mano
de la fuerza moral propia de un deportista como él.

"El peor momento fue cuando vi que no podía caminar ni hablar. El primer mes lo pasé
tirado en la cama. No sabía moverme. Sentí que todo se había venido abajo de golpe.
No le deseo a nadie esto que me pasó. Pero los chicos, mis alumnos, me dieron fuerza
para salir adelante, igual que mi familia -su mujer, Patricia; su hija, Génesis; su mamá,
Graciela, y sus hermanas, Verónica, Sandra y Vanina-. Estar hablando ahora con vos es
un milagro", dice.

Es verdad que no se lo desea a nadie, pero detrás de la peor adversidad también puede
rescatarse algo bueno. "Después de algo así uno ve las cosas de otra manera, más
tranquilo. Antes era muy nervioso. Ahora me tomo todo de otra forma".

Damián lleva adelante la terapia en forma ambulatoria. "Me hacen caminar apoyado en
un andador, pero me estoy largando solo de a poco. Me dicen que tengo un poco de
miedo... Si me diera miedo no lo intentaría. Eso sí, le tomé respeto a caminar. Antes
no podía ni con andador... Es un progreso muy grande para mí. Ahora me siento bien,
pero me falta. Quisiera hacer todo: caminar, hablar, ir a la calle... Los médicos me
dicen que evolucioné muy rápido, que no lo esperaban. Todavía no saben bien qué fue
lo que me pasó. Están haciendo estudios. No sé cuándo me darán el alta. Puede ser
una semana, tres meses o quién sabe. En el Fleni me hicieron ver que podía y me
sacaron a flote".

El costo del tratamiento en un centro de tan alta complejidad lo solventa la Secretaría
de Deporte: fueron unos 70.000 pesos durante su internación y cerca de 10.000
mensuales ahora. La medicación la cubre la obra social de Damián.

Muy lentamente, retomó algunas rutinas de su vida anterior a aquel día. Hace un mes
y medio volvió al Canottieri, a hacer lo que más le gusta: estar con sus alumnos, entre
botes y remos. Eso lo hizo sentirse vivo otra vez.

"Desde que empecé a venir me siento más animado. Me traen en remise, que me paga
el club y el grupo de veteranos. Ya puedo venir solo, sin problemas. Hago lo mismo de
antes, salvo que no voy a la pista con mis alumnos (son unos 25 chicos y chicas, de
entre 9 y 23 años). Los veo acá y les digo lo que tienen que hacer. Pero este sábado iré,
y eso será otro progreso", confiesa.

Bien cerca de Damián, en todo este tiempo, además de sus afectos estuvieron viejos
amigos que le dio el remo, como Alan San Martín y Mariano Palermo. También Walter
Balunek, socio en aquellos triunfos de Winnipeg: "Está viviendo en España, pero me llamó
apenas se enteró de lo que pasó. También María Julia Garisoain, de la Secretaría, se
portó bárbaro, me consigue todo".

El futuro inmediato y el lejano se le presentan a Damián tan lleno de desafíos como lo
que está viviendo hoy. "Hasta que me pasó lo que me pasó yo pensaba seguir
compitiendo, tal vez ir a otro Panamericano. Pero ya no pienso en volver a sentarme en
un bote. Sí en enseñar, que es lo que me gusta." En esa vocación seguirá apoyándose
para hacerle frente a una lucha que prosigue y que seguirá siendo cosa de todos los días.

Crítico con sus colegas en los Juegos Olímpicos

Damián Ordás cuenta que no se perdió detalle por TV de los Juegos Olímpicos de Pekín.
"Me gustó mucho lo que hicieron los equipos de fútbol y de básquetbol. Pero no la
actuación de los remeros. No anduvieron bien", comentó.

Orcina, el hombre que lo rescató

"Con un suero te arreglan todo"

Como si fuera una especie de escudero, junto con Ordás está Edgardo Orcina, un chico
de 15 años que para Damián es un poco más que un alumno. Su padre, que también
se llama Edgardo, fue el hombre que apareció providencialmente camino de la pista de
remo y lo vio tirado en el piso aquella mañana de abril. Lo de "providencial" no es
arbitrario.

El hombre lo relata: "Mis chicos estaban en la pista y yo tenía un almuerzo en el campo.
Nos esperaban unos amigos. Quise ir y entrar en la pista para ver para cuánto tenían
y si podía retirarlos. Iba con mi camioneta y de golpe veo que hay alguien tirado, a lo
lejos. Uno de los chicos que rema con mis hijos salió corriendo para allá. Corrí y vi que
era el profesor. Tenía una especie de convulsión... No sabía qué hacer, lo cargué en la
camioneta, lo llevé al SET, un centro municipal de Tigre, donde me dijeron que no podían
hacer nada, y de ahí al hospital de Pacheco. Me les tuve que ir encima para que lo
atendieran. Es un desastre. Tal vez el coágulo no se le habría formado si hubiésemos
caído en el lugar adecuado rápidamente. Ahí con un suero te arreglan todo"


Fuente: Diario La Nación

 

       

 

 

 
 
 

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