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26 de Agosto de 2008
Un orgullo nacional
Manu lloró por no poder estar y el Chapu, pese a una lesión, jugó y
arriesgó su futuro; los dos contagiaron un espíritu inclaudicable y
una forma de sentir el deporte que llevó a la Argentina a ganar la
medalla de bronce.

Es el entretiempo de la final olímpica. No quiero dejar pasar un segundo más sin
quitarme de las entrañas un sentimiento que asfixia, que no me permite seguir
trabajando. Y espero que sea la primera y última vez que escribo en primera persona,
indebidamente para mis costumbres.
Quiero contar lo que nos hicieron vivir, disfrutar mejor dicho, Manu Ginóbili (sí, sin jugar)
y el Chapu Nocioni, ese quebracho de oro que sale a romper murallones y que no le
importa arrastrar una pierna ni poner en riesgo su futuro en Chicago o la NBA.
¡Realmente conmovedor! Ese gigante juega por orgullo, por la camiseta, porque sólo
quiere ganar y con un carácter inigualable. No le importa nada, ninguna otra cosa más
que dejar la vida, los harapos de su piel, con tal de vencer. Es capaz de ir a la guerra
con una navaja. ¡Cómo no ponerse orgulloso de que sean argentinos!
Manu se levantó con la idea de que podía jugar. Una quimera. Sólo un sueño. Quería
estar en la lucha por el bronce, lo sentía, no quería abandonar a sus compañeros. Y
se vistió de jugador. Cuando lo vieron, nadie dijo nada. El siguió con su rutina. Se
vendó, se puso la camiseta y salió a la cancha: "Voy a probar", dijo. Diez minutos más
tarde regresó al vestuario resignado. El tobillo izquierdo no respondía. No funcionaba.
El dolor fue más grande aún.
Cuando sus compañeros dieron las hurras y se fueron para la cancha, él se largó a
llorar. Como un niño que perdió su juguete preferido. En realidad, trató de esconder
las lágrimas. No pudo: algunos lo vieron y fue un terrible empujón anímico para todos.
Supieron que le debían algo.

Manu puede ganar 10 millones de dólares, ser el profesional más responsable, vestir
la camiseta del mejor equipo del mundo en los últimos diez años, pero es un
amateur. Juega porque lo siente, porque su primer regalo en la cuna fue una pelota
de básquetbol. Todavía la pica como en el barrio y juega como en el querido club de
la esquina, ese que tiene el buffet en la entrada. Manu es otro que no le importa
dejar los jirones de su pellejo con tal de ganar. Y no juega en otro país, es nuestro.
Es de sangre bahiense, émulo de aquellos gladiadores que tenían pelotas de
básquetbol en las venas. ¿Cómo iba aflojar en ésta? Sin embargo, el cuerpo le dijo no.
El Chapu lo vio llorar. Fue suficiente para que el fuego le saliera por los ojos. Si alguien
quiere hacer un video sobre la pasión que se siente por el básquetbol, Nocioni debe ser
el modelo. Y si el gol de Manu contra Serbia y Montenegro en Atenas 2004 es la jugada
histórica de nuestro básquetbol, habrá que homenajear también ese robo increíble,
monumental y decisivo hecho con las uñas de un tigre sobre el final del 3er cuarto,
cuando los lituanos se venían encima. No sé a los cuántos minutos fue, ya me fijaré,
y creo que frente a Siskaukas, también lo corroboraré, pero ahora lo que importa es
que, sinceramente, y perdón por la sensiblería, esa jugada nos obligó hacer un esfuerzo.
Había un nudo de emoción en la garganta. Sí, ya sé, un periodista no debe perder su
compostura, su equilibrio anímico, su objetividad. Okey, está bien. Pero las lágrimas
estuvieron a punto de aflorar igual cuando Nocioni se dio vuelta y mostró al mundo
esa cara de furia, de locura, de energía incontenible. Otra actitud de amateur. Porque
este pibe de Gálvez va a cobrar este año 8 millones de dólares en la casa deportiva
de Michael Jordan. ¿Pero alguien duda de que no le importa? Que aunque camine
como Robocop, poco le interesa romperse. Salta y se trepa por sobre las torres rivales
para capturar rebotes increíbles. Y cae sólo sobre una pierna, porque si apoya la
lesionada no puede seguir.

¡Cómo no tener un bronce colgado del pecho! Si estos tipos juegan al básquetbol
como antes, con corazón, agallas, orgullo y un gusto por la celeste y blanca que
bueno sería que la tuviésemos todos.
Así maltrechos, doloridos, lesionados; uno no pudo, pero contagió con sus ganas, el
otro sí pudo, como pudo, claro, y fue el adalid, el guía espiritual de otra epopeya
junto a otros diez leones que justo en la más brava dieron lo mejor y se agrandaron.
Quizás otro profesional se hubiese cuidado o ni siquiera hubiese ingresado en la
cancha El, el Chapu, salió a barrer el piso con el pecho, a salpicar rivales con su
transpiración, y gritó como para hacerle saber a los lituanos que no iban a poder con
él y su barra de amigos.
Gracias a los dos y disculpas a todos por dejarme llevar. Ya va a empezar el segundo
tiempo de España y Estados Unidos. Hay que volver a la realidad. Por ahí esto sirve
de ejemplo para los chicos que vendrán después de estos dos monstruos de la
Generación Dorada, que acaba de ser honrada de la forma más gloriosa aquí en
Pekín. Gracias. Honrada por ellos mismos
Por Miguel Romano
Fuente: Diario La Nación
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