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3 de Septiembre de 2007
Scola, el líder de un equipo que sigue haciendo historia...
(Juan Pablo Varsky-La Nación)
Más que anécdota, es un retrato del personaje. Faltaba un minuto para terminar
el juego y la Argentina ganaba por diez puntos. Algunos compañeros ya empezaban
a celebrar la clasificación para Pekín 2008. Pero él los retó en la oreja: "¡Todavía
falta, viejo!". No quería otra sorpresa desagradable. El recuerdo de la increíble final
perdida con Tau Vitoria ante Real Madrid en la Liga Española le había aparecido
justo en uno de los momentos más importantes de su carrera. Luego, el equipo
afrontó con seriedad esos últimos segundos, ganó por 11 el clásico que perdía por
11 y festejó como se debía un triunfo que lo habilita a defender el título olímpico
logrado en Atenas 2004.
Luis Scola tardó en sumarse a la montaña de jugadores argentinos. Primero consoló
con un abrazo a Tiago Splitter, duro rival debajo de los tableros. Amigos para toda
la vida tras compartir muchos años en Tau, llamó Tiago a su primer hijo para honrar
esa relación personal. El pequeño tiene 2 años y ya le regalaron la camiseta de
Houston Rockets, el nuevo desafío deportivo de su papá. Era hora. Scola dejará de
ser el mejor jugador del mundo que jamás haya pasado por la NBA. Hacía mucho
tiempo que ya estaba calificado para entrar en la meca del básquetbol. Si había un
jugador argentino desesperado por llegar a la NBA, ése era Luifa. Más que un
sueño, era una obsesión. Si habrá visto videos de su ídolo Larry Bird, aquel
formidable alero ochentoso de Boston Celtics
Debió esperar más de la cuenta. San Antonio lo había reclutado en el draft de 2002.
Pero nunca pensó seriamente en incorporarlo, a pesar del permanente coqueteo.
Este año, Houston se quedó con los derechos y en cinco minutos mostró más ganas
de contratarlo que los Spurs en cinco años. Si bien lo obligarán a cumplir con las
costumbres del novato, como llevar las clásicas donuts al entrenamiento, no encarnará
al típico debutante tímido que quiere ganarse los minutos y la confianza del
entrenador. Consagrado en Europa con logros colectivos e individuales en 10
temporadas, Scola llega a un equipo que lo deseaba y necesitaba. Con Mc Grady y el
chino Yao Ming como grandes figuras, no tardará en presentar sus mejores
credenciales en los Rockets: trabajo duro, fundamentos del juego, defensa intensa,
juego interior e indiscutible liderazgo.
Cuando él habla, todos callan. También en la selección. Por lo que dice y por lo
que hace, es el más respetado del plantel, aun con Ginóbili y Nocioni entre sus
compañeros. Líder del vestuario, da el ejemplo en cada entrenamiento: es el primero
en llegar y el último en irse. Esa ética del esfuerzo la aprendió con Dusko Ivanovic,
el entrenador más influyente en su carrera. De formación militar en la ex Yugoslavia,
Dusko le forjó su carácter. La relación se pareció mucho a la del Sargento Foley y
Richard Gere en la película Reto al destino . Scola empezó odiándolo y terminó
agradeciéndole tanta exigencia. Profesional ciento por ciento, llena el mismo formulario
que Manu y Chapu: tiene la plata en el banco y no en la cabeza. En el crítico 2002,
promovió proyectos olidarios para la Argentina de la mano de la Fundación Baskonia y la
Asociación Esperanza. Por ejemplo, una producción de milanesas de soja para proveer
a comedores comunitarios. Hace poco, inauguraron una escuela de básquetbol en una
zona de bajos recursos para sacar a los chicos de la calle.
Hombre de familia, muy tranquilo, Luifa se casó con su novia de toda la vida,
conserva a los amigos de la infancia y no se olvida de sus raíces. Bien de barrio, Villa
Bosch forma parte de aquellos años de pibe cuando hacía cualquier cosa por estar en
una cancha de básquetbol. En el Mundial de Argentina 90, alcanzó pelotas y limpió el
piso del Luna Park mientras veía a la gran Yugoslavia del serbio Divac, y los croatas
Petrovic y Toni Kukoc. Jugó en Ferro desde el 95 al 98; pasó por Gijón hasta 2000 y luego
reescribió la historia del Tau Baskonia con una liga ACB, tres Copas del Rey y dos
subcampeonatos en la Euroliga, en la que es el máximo anotador histórico. Los
aficionados recordarán para siempre la combinación de pared y desmarque ( pick and roll,
para los fanáticos) con Pablo Prigioni, tan perfecta como la de Stockton y Malone en
Utah Jazz.
Tras un largo recorrido en las selecciones juveniles, debutó en la mayor en el
Sudamericano de Bahía Blanca 99. Sexto hombre en Indianápolis 2002 y en Atenas
2004, fue el mejor jugador de la final olímpica. Titular por la lesión de Oberto, la
rompió toda contra los italianos con 25 puntos y 11 rebotes. Desde Japón 2006,
forma parte del quinteto inicial, pero hace años que es imprescindible. Sergio Hernández
lo dejó en cancha durante los 40 minutos de la semifinal ante Brasil: 27 puntos,
9 rebotes. Figura, goleador y MVP del torneo. Luis Scola no sólo es líder de esta
generación, la mejor de la historia del deporte argentino. Representa el espíritu de
equipo, el concepto de que el todo es más que la suma de las partes, el nosotros por
encima del yo.
No importa quién juegue o quién la dirija. Esta gloriosa selección tiene identidad por
encima de los nombres. Se resume en intensidad defensiva y en dar el pase extra al
mejor ubicado para tirar. Los norteamericanos admiran ese share the ball de la Argentina,
el equipo que mejor maneja los fundamentos básicos del básquetbol en el mundo.
Luifa no estuvo solo para consumar la hazaña (pensar que hasta se dudaba de estar
entre los cuatro). Prigioni aportó sabia conducción y triples. Delfino compensó su escasa
puntería con rebotes, asistencias, gran defensa y tiros libres. Román González mostró
su toque goleador debajo del canasto. Sandes y Porta acertaron desde afuera.
Kammerichs, acierto del DT, fue un león defendiendo, con tapones, una salvada de
bola increíble y un doble clave. Paolo Quinteros demostró su clase internacional con
marca férrea y puntos muy importantes en el final. Y el entrenador Sergio Hernández
tuvo su merecida reivindicación. Ya nadie habla de aquellas renuncias en masa (14 en
total). El bahiense estuvo a la altura de lo que este equipo necesitaba desde el banco.
Y se ganó el respeto y el reconocimiento que le quitaron desde aquel triple fallado
por Nocioni ante España en el Mundial de Japón.
Una tarde de julio (tipo 7 PM), Luis Scola se enteró de su inminente llegada a la NBA.
Quería compartirlo con su padre. Basquetbolista en la década del 70, Mario venía de
sufrir una descompensación cardíaca y Luifa quería estar seguro de que la noticia fuera
un hecho irreversible. ¿Saben qué hizo? Dio vueltas durante 40 minutos mientras
esperaba la confirmación de su representante. Sólo después de que su agente le
diera el sí definitivo, tocó el timbre de su casa en El Palomar y se lo contó al viejo.
Se abrazaron y lloraron juntos. Más que una anécdota, es otro retrato del personaje.
Fuente: Diario La Nación
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