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26 de Junio de 2007

Un atleta rosarino que creció a partir de los Juegos Evita.

 

Luis Vienna, quien brilló a fines de los 50 y comienzos de los 60, cuenta de la
importancia de esos juegos
.

 

Los modelos de las futuras generaciones de deportistas son de gran importancia.
Significan el espejo a imitar. En ese sentido, los Juegos Evita marcaron a fuego, en
la década del 50, a muchos chicos que conocieron de cerca  a las glorias del deporte.
Luis Vienna, uno de los mejores atletas surgidos en la ciudad y que conserva desde
hace casi 50 años los récords rosarinos de los 100 y 200 metros llanos, fue uno de
ellos. Al día de hoy recuerda esa experiencia y destaca que le sirvieron para darse
cuenta que era capaz de sobresalir en el atletismo.

Rápido y ágil, Vienna comenzó a correr a los 7 años en el estadio municipal Jorge
Newbery bajo la mirada de un entrenador de prestigio, Tomás Palomeque.

El ex atleta cuenta la trascendencia de los Juegos Evita para los jóvenes de su
generación. "Al no haber competencias para aquellos como yo que no estábamos
federados, eran muy importantes. Se hacían una vez al año y se competía casi
durante seis meses, en las diferentes etapas, rosarina, provincial, regional (Santa Fe,
Córdoba y Entre Ríos) y nacional".

"En 1952 llegue a las finales, que se hacían en Buenos Aires. Con 15 años estaba
en un mundo increíble. Tuve que competir nada menos que en la pista de atletismo
de la cancha de River, con un montón de gente en las tribunas. Ya el sólo hecho de
entrar a la cancha fue algo inolvidable. Pienso que toda esa experiencia me fogueó
para el futuro", cuenta.

Fueron vivencias que nunca imaginó. "No lo esperaba. De juntar en figuritas a grandes
atletas, pasamos a estar en contacto con ellos. Los Juegos Evita coincidieron justo con el
Gran Premio de la República Argentina de automovilismo. Siendo una criatura conocí a
Farina, Ascari, Fangio, el Cabezón (Froilán) González, todos corredores de Fórmula 1,
porque estábamos alejados en el mismo hotel". "Muchos de los que participamos en los
Evita proveníamos de casas humildes. En mi caso, mi padre era docente. Y fuimos a parar
a un hotel como el Nogaró. Tener contacto con ese tipo de figuras del automovilismo
mundial, competir en River y con la presencia de atletas de primer nivel del país fue
maravilloso. Era una época donde del deporte era primordial para los chicos y el país",
destaca.

Los Juegos Evita lo empujaron a emular a esos grandes del deporte. También para
comprender que el atletismo era su vida. "Yo hacía salto en alto y en las final de Rosario
de los Evita corrí en los 100 metros y terminé segundo. No lo esperaba. Se ve que la
adrenalina de competir me ayudó. Ahí entendí que si me dedicaba a la velocidad y
trabajaba aún más podía andar bien", dice.

Y al final se terminó convenciendo de sus virtudes. "Participar en las finales de Buenos
Aires fue el último empujón para tomar en serio el atletismo. Al tener tanta repercusión
este tipo de torneos en el que se convocaba a todo el país, y al ver que podía sobresalir,
puse las barbas en remojo y entendí que debía tomar el deporte de otra manera".

Después de los Juegos Evita, Vienna se convirtió en atleta federado, representando a un
club rosarino que ya no existe, Nuestro Símbolo. Pasó al club Independiente, estuvo cuatro
años en Avellaneda y se retiró muy joven. Durante su carrera logró el récord rosarino en
100 metros llanos (10.4 segundos) y 200 (21.4), ambos en 1958, que aún hoy mantienen
vigentes. Le sacó el récord argentino en los 200 metros a Gerardo Bonhoff, fue medalla de
bronce en el campeonato Sudamericano de Santiago de Chile 1956 con apenas 16 años y
tapa de la emblemática revista El Gráfico.

 

       

 

 

 
 
 

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